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Opinión: las controversiales ideas de Laura Gutman sobre maternidad y crianza

Las ideas sobre crianza y maternidad de Laura Gutman generan gran interés en muchas madres. Al leer algunos de sus textos me llamó la atención que sus posturas no hayan sido públicamente cuestionadas desde la psicología y el psicoanálisis, así como desde otras disciplinas que se dedican a la salud mental, la infancia y la educación. Hace algunos mesess me encontré con una entrevista en la que dice que la causa de muchas patologías o trastornos psicológicos y psiquiátricos en niños es "la crueldad materna", la falta de amor y disponibilidad materna.

Proponer esta relación causal entre una supuesta "crueldad" de la madre, entendida como una conducta prácticamente intencional, como falta de amor, es muy cuestionable, ya que desconoce o relega cuestiones esenciales y generaliza de un modo por lo menos imprudente. Decir esto no supone de ningún modo desvincular a los padres de las problemáticas de sus niños, las cuales generalmente están en relación con aspectos de la pareja parental y con situaciones familiares. Pero decir sencillamente que los trastornos psicológicos y psiquiátricos son consecuencia de la falta de amor y de la crueldad materna es dar un paso insostenible al que es necesario responder.

Muchas de las descripciones que realiza Laura Gutman sobre la relación temprana entre el bebé y la madre o sobre los recién nacidos son ciertas pero sobre algunas piezas correctas construye un sistema peligroso. Lo mismo sucede cuando opina sobre las terapias. Por ejemplo, muchos autores denuncian el uso abusivo de psicofármacos en los tratamientos del padecimiento psíquico, especialmente con niños. Decir que los diagnósticos psiquiátricos pueden estigmatizar no es novedad. Sin embargo, decir que los psicofármacos “no sirven para nada” es ir demasiado lejos para cualquiera que ha estado frente a un paciente alucinado, delirando o atravesando una excitación psicomotriz.

Además, se vuelve necesario responder desde la responsabilidad social que tenemos todos aquellos que trabajamos diariamente con el sufrimiento psíquico de niños y adultos. Me preocupa el efecto de un discurso que culpabiliza directamente a las madres de que su hijo sufra esquizofrenia o un trastorno del espectro autista. Abundan los estudios científicos sobre las causas de estos trastornos, que si bien aún no tienen una respuesta certera y acabada para ofrecer, merecen ser tenidos en cuenta para al menos no decir con tanta soltura que la causa es la crueldad de la madre. Es notable en la experiencia con madres de chicos con padecimientos psíquicos, especialmente los que menciona Gutman (espectro autista, esquizofrenia, etc.), la enorme culpa que se auto adjudican, consciente e inconscientemente, por lo que le sucede al niño. Culpa que de nada sirve, ni a ellas, ni a sus hijos ni a sus familia. La culpa que agregan este tipo de discursos se suma entonces a una culpa ya existente. La culpa, y la angustia que conlleva, obtura la posibilidad de hacerse responsable de los propios actos y deseos conscientes e inconscientes. La culpa y la responsabilidad son antagónicas. La primera conduce al auto castigo, al goce masoquista. La segunda, en cambio, permite al sujeto interrogarse sobre aspectos inconscientes, no conocidos de sí mismo, y poder, trabajo analítico mediante, hacerse responsable, lo que significa poder darse una respuesta por eso. La respuesta no es para la sociedad, para un otro que juzga y decide lo que está bien y lo que está mal, lo que es ser una buena madre o una madre cruel, despiadada, generadora de patología en un hijo.

En un breve texto Gutman dice que las mujeres, y no así los hombres, muy excepcionalmente abandonan a sus hijos y que, aún enfrentando situaciones difíciles, luchan por salir adelante y cuidar de ellos. Si bien explicita lo duro que se les hace la soledad a “las madres solas”, encuentra algunas “ventajas” que creo que dan cuenta de una forma de concebir la maternidad, la paternidad y el lugar del hijo. La “madre sola”, sin pareja, nos dice, no solo tiene más posibilidades de ser ayudada por gente de su entorno, que la sabe sola, sino que además contaría con otras “ventajas”: no tiene que atender las demandas y requerimientos de un exigente marido, no se encuentra tironeada entre el hombre que le reclama atención y el bebé, y puede entonces fusionarse enteramente con éste último. Incluso tiene la “ventaja” de poder llevar al bebé a dormir en su cama. Así, dice: “Simplemente nos tumbamos en la cama con el niño en brazos…con el niño aferrado a nuestro cuerpo y sin molestar a nadie.” La molestia sería la pareja de la madre y padre de la criatura en cuestión… En síntesis, queda claramente planteado que el hombre, el padre del bebé, es un obstáculo y no un protagonista, ni para la mujer, ni para el hijo ni para él mismo. El lugar del hombre como objeto de deseo y amor de la mujer, y el lugar del padre ante el hijo no parecen tener mayor importancia para el desarrollo del bebé ni para la mujer devenida madre. No estoy negando la fusión inicial que tiene lugar entre la madre y el bebé, esa relación cuerpo a cuerpo que prosigue al nacimiento y que muchos psicoanalistas se dedicaron a explicar. Sin embargo, en algunas versiones de las hoy llamadas crianza con apego, aparece un desplazamiento de esa necesidad de fusión inicial, a otra donde ese apego es más bien un pegoteo que se prolonga por años, donde el hombre no tiene lugar y donde el hijo corre el riesgo de convertirse en un objeto-posesión de la madre, cuyo surgimiento y desarrollo como sujeto e individuo se ve obstaculizado. A su vez, las madres pueden sentirse presionadas por un ideal según el cual deberían querer estar fusionadas con su bebé-niño, sintiendo que ser madres es ser solamente y todo el tiempo madres, madres abnegadas, sin otros deseos, sin otras necesidades.