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Comentario sobre las ideas de Mauricio Abadi. Pareja, deseo de hijo, angustia de muerte. Edipo y narcisismo.

Voy a ofrecer algunas claves sobre el pensamiento de Mauricio Abadi, particularmente su lectura del Complejo de Edipo. Esta no intenta reemplazar la propuesta por Freud, sino complementarla y dar cuenta de ciertas situaciones clínicas. La escena edípica clásica, aquella que transcurre en la fase fálica y en la que la pulsión y el deseo sexual del hijo se dirigen hacia el progenitor (del sexo opuesto y/o del mismo) y que puede resumirse con los términos de incesto y parricidio, constituye, para Abadi, una elaboración de una conflictiva previa, que tiene como modelo al nacimiento. Insiste, no siempre con éxito, en que entiende al nacimiento como modelo, más allá de la realidad biográfica, con lo cual subvierte el significado fisiológico y lo ancla en una conflictiva estructuralmente humana, es decir cultural, donde las motivaciones inconscientes y la complejidad del mundo anímico son determinantes. Allí se pone en juego la lucha y la voluntad del hijo por salir a la vida, lo que deja como saldo un sentimiento de culpa (protoculpa de nacimiento) por la fantasía de haber destruido a la madre y haberle sustraído un trozo de sí. En este sentido, el nacimiento es vivido no solo como desprendimiento sino también como un desgarro. En esta configuración, Abadi propone como imagen del rol paterno la figura del partero, aquel que ayuda a extraer al hijo hacia la vida y la cultura. El triángulo edípico constituido por la relación entre tres personajes, tres roles (también insistirá en que se trata de roles: madre, padre e hijo) tiene lugar desde el comienzo mismo de la vida, incluso antes, en la zona de entrecruzamiento del enfrentamiento generacional y el enfrentamiento de los sexos, donde se ponen en juego tanto el amor y el erotismo como la hostilidad.

Es importante para comprender el pensamiento de Abadi subrayar que considera a la angustia de muerte como el principal motor de la conducta humana. Solo así se comprende el lugar que le otorga al hijo en la subjetividad de los padres: este representa el futuro, la vida, la posibilidad de perpetuarse, prolongarse en el hijo y así sobrevivir. En síntesis, vencer a la muerte y lograr la inmortalidad. En el eje de la lucha entre los sexos, dice Abadi que el hijo toma el lugar de lo apostado, del objeto en pugna entre los padres, que buscan adueñarse de él y apropiárselo. A diferencia de otras corrientes que piensan la rivalidad entre los sexos en torno al falo, -donde el hijo, ecuación simbólica mediante, es un desplazamiento del mismo- Abadi piensa que ésta se juega alrededor del hijo en tanto símbolo de la vida que permite combatir la angustia de muerte.

Esta angustia de muerte opera en cada uno de los personajes o roles del drama edípico de modo diferente. En el padre, se expresa en lo que llama la infertilidad del varón, su incapacidad para procrear, ante lo que surge la fantasía del robo del hijo, ya sea para anexarlo a él o para liberarlo. La madre se defiende de la angustia de muerte a través de la procreación y de la retención narcisista del hijo. La fantasía de embarazo eterno, que no es propiedad exclusiva de la mujer, alude al deseo inconsciente de poseer adentro y para siempre aquello que representa a la vida, es decir el hijo. Distingue tres roles: el posesivo, al que llama materno, el extractivo (que puede tener un fin liberador o de anexión) que llama paterno y un tercer rol -ambivalente y conflictivo- que llama rol filial. Este se caracteriza por presentar una oscilación entre pares antitéticos: madre y padre; adentro y afuera; dependencia y libertad. Cada polo es a la vez anhelado y temido. Uno implica encierro y prisión pero también refugio y seguridad. El otro desamparo pero también libertad, independencia. En este sentido, Abadi puntualiza que entiende a la vida como la resultante de un proceso dialéctico entre esos dos polos. De ahí el título de su texto más conocido: “El renacimiento de Edipo. La vida del hombre en la dialéctica del adentro y del afuera”. En su pensamiento -cuyo motor es el encuentro con sus pacientes- está siempre presente la concepción dialéctica así como la noción de conflicto. Fiel a la idea freudiana de que en el inconsciente no hay contradicción, sostiene que una misma situación genera deseo y temor, deseo y culpa.

En cuanto al hijo, su angustia de muerte se manifiesta como angustia de encierro con relación a la madre terrorífica que busca retenerlo adentro suyo, lo que provoca como mecanismo de defensa la búsqueda de liberación y de ruptura de los impedimentos. Esto entraña la fantasía de matricidio con el sentimiento de culpa concomitante (protoculpa) y la ansiedad de persecución, que se manifiesta como temor a la reinfetación. En este sentido, se observa que sostiene la idea de un poderoso superyó materno. El hijo acude al padre en busca de un apoyo para la liberación del encierro materno; busca protección, guía y salvación por la vía del padre. Pero a su vez surgen sentimientos de desconfianza, angustia ante el desamparo y culpa hacia la madre. En la pareja parental se ponen en juego sentimientos de amor y odio, de necesidad y envidia, conflicto entre integrar al hijo a la pareja y poseerlo en forma exclusiva. A su vez, el hijo se ubicará en cierta posición de inclusión o exclusión en la escena primaria. Su posibilidad de desunirlos o de unirlos constituyen estrategias para el logro de su deseada, y también temida, independencia e individuación.

Propone que el incesto, es decir la unión sexual con la madre, repite y busca reparar la primitiva culpa del ser, su protoculpa, ya que el retorno a la madre (incesto) supone el propósito de renacer de ella, de repetir y reelaborar el nacimiento entendido como el desprendimiento de la madre, la primera des-unión de ella. “Entrar” en el cuerpo de la madre se relaciona con cierta nostalgia del espacio intrauterino que representa lo absoluto y completo, así como con la fantasía de que ese regreso permitiría recuperar algo que se dejó adentro. En última instancia, se trata de la búsqueda de la completud.

Sostiene que la prohibición del incesto proviene de la ley del Padre que impone el mandato exogámico. El ámbito del padre esta ligado al “afuera”, a la cultura. Sin embargo, puntualiza que también existe un mandato opuesto, endogámico, del cual dan cuenta en lo social las distintas formas de racismo. Dice Abadi que este mandato endogámico, que vincula con lo materno, puede potenciarse y conjugarse con el deseo edípico pero también disimularse detrás de él. La posesividad, el afán de retención y dominio pueden parapetarse detrás del deseo edípico. A diferencia de éste, que puede estar o no, el mandato endogámico está siempre presente, acallado y silencioso, en oposición o tensión con la ley del Padre, que ordena la exogamia. Estas ideas le permiten al autor interpretar la conflictiva intrapsíquica como la resultante de la lucha entre dos leyes que se inscriben ambas en el registro superyoico. Así, piensa que la conducta puede entenderse no solamente como la lucha del deseo contra una prohibición sino como la resultante entre dos prohibiciones.

Para concluir, esta lectura permite articular la noción de narcisismo con la de Edipo. Sostiene que “poseer a la madre” (incesto prohibido) es una forma de recuperar la omnipotencia perdida, aquel Yo ideal que debió resignarse ante el principio de realidad, y que fue depositado por proyección en los padres, particularmente en el padre en tanto dueño del falo y poseedor de la madre. Así, dice Abadi que el incesto edípico constituye una estrategia para los fines de Narciso, es decir para el logro de una completud imposible.

Es interesante destacar que las formulaciones presentes en “El renacimiento de Edipo” son de 1960 y preceden a la formulación y sobre todo a la divulgación de ideas que Lacan ha desarrollado en años contemporáneos o posteriores, como ser los distintos tiempos del Edipo y particularmente los conceptos de Nombre-del- Padre y de función paterna.